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NUESTRO VIAJE A COPACABANA

Una historia de carretera con el Peugeot 408 desde La Paz hasta la frontera con Perú

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1. Salida: viaje de La Paz al Titicaca con el Peugeot 408

La mañana en que salimos del aire cortante de La Paz, a más de 3.600 metros de altura, el caos de la ciudad se iba apagando lentamente detrás de nosotros. El motor de nuestro Peugeot 408 trabajaba un poco más tenso por el aire fino, pero la emoción de ponernos en camino nos daba fuerza. A medida que avanzábamos hacia el lago Titicaca, los caminos que serpenteaban entre las tierras rojas y las montañas escarpadas de Bolivia parecían diseñados conscientemente para llevar a una persona a otro mundo.

Copacabana es al mismo tiempo una línea cultural que se extiende hacia la frontera con Perú. Este lago, corazón común de ambos países, a lo largo de la historia fue hogar tanto de los incas como del pueblo aymara; las leyendas, las oraciones, las pérdidas y las esperanzas siempre se formaron alrededor de estas aguas.

En medio del camino llegamos al estrecho de Tiquina. El paisaje que vimos allí ofrecía un instante muy lejos del mundo moderno: una balsa primitiva formada por unas pocas tablas colocadas una al lado de la otra y dejadas sobre el agua. Los autos subían por turnos a esa balsa, y una lancha con una fuerza de motor casi insignificante los llevaba a la otra orilla. Nuestro Peugeot 408 también subió con la misma humildad a ese mundo de madera, se balanceó suavemente y comenzó a deslizarse sobre las aguas del Titicaca.

En ese momento entendíamos una vez más que una persona puede seguir avanzando sin necesitar grandes cosas.

Después de esta travesía corta pero mágica, el ritmo del camino hacia Copacabana se aceleró. Las montañas se acercaban cada vez más al azul del lago, el sol brillaba con más fuerza y dentro de nosotros iba echando raíces, poco a poco, una profunda sensación de viaje.

Hacia el atardecer llegamos a Copacabana.

2. Llegada a Copacabana: un silencio a 3.841 metros

El momento de entrada a la ciudad sigue muy vivo en nuestra memoria.

El lago Titicaca reflejaba el cielo como un espejo enorme; las montañas, en cambio, permanecían como centinelas silenciosos esperando en el borde de ese espejo. La altitud es de 3.841 metros… Aquí incluso la respiración se toma con otro ritmo. Uno siente que sus pasos se vuelven más ligeros, pero el corazón se hace más pesado; porque ante el paisaje queda involuntariamente cautivado.

Aquella noche nos instalamos en un hotel y descansamos. Mientras el sol se ponía, la luz sobre el lago temblaba como un velo fino.

Ese fue exactamente el momento que nos hizo sentir que Copacabana no era solo una geografía, sino un estado de ánimo.

3. Centro de Copacabana: calles de piedra, mercados y catedral

A la mañana siguiente caminamos hacia el centro de la ciudad. Las calles empedradas alargaban el sol de la mañana en forma de largas sombras, y las sombras de las personas que caminaban por la calle se convertían casi en historias en movimiento.

En el centro de Copacabana se alza con todo su esplendor la Basílica de Nuestra Señora de Copacabana. Con sus paredes blancas, detalles rojos y una arquitectura de mezcla árabe-española, es la construcción más dominante de la ciudad.

Cuando entramos, un enorme altar dorado parecía cargar el peso de las oraciones realizadas durante cientos de años.

El mercado del centro era una verdadera explosión de color y vida. Las mujeres vendían verduras sobre telas coloridas extendidas en el suelo, los niños corrían y los hombres mayores se sentaban a conversar a la sombra. Cada uno estaba en su propio mundo, pero de alguna manera el mundo de todos se unía en esa plaza.
Galería del centro de Copacabana y la catedral (ES)


La catedral, la plaza y las montañas del fondo vistas desde la ventana de nuestro hotel en Copacabana
Desde la ventana de nuestro hotel: la catedral de Copacabana, la plaza y las colinas del fondo.

4. El mundo de las mujeres aymaras: polleras e historias cargadas

Las portadoras más verdaderas del espíritu de Copacabana son, sin duda, las mujeres.

Al fotografiarlas, sentimos con mucha claridad que no eran solo un elemento de belleza o de cultura, sino figuras que cargaban el peso, el orgullo y la elegancia de siglos.

Las mujeres aymaras:

  • Visten faldas de varias capas llamadas polleras.
  • Muchas veces llevan un sombrero bombín en la cabeza.
  • En la espalda llevan una carga o un bebé con una tela tejida de colores llamada aguayo.
  • Su caminar es lento pero digno.
  • Vimos a una mujer pastoreando ovejas junto al lago; en la punta del bastón que llevaba en la mano parecía detenerse toda una vida.

Estas mujeres son verdaderas representantes de la cultura aymara no solo por su vestimenta, sino también por la profunda paciencia marcada en las líneas de sus rostros.

Observarlas era como ser testigo del pasado de una sociedad.

5. Paseo por la Costanera y el azul infinito del lago

La Costanera, la franja junto al lago, es la zona más viva y al mismo tiempo más serena de Copacabana.

Los muelles se extendían hacia el lago y las embarcaciones se balanceaban suavemente sobre el agua. Azul, azul por todas partes… Casi no había frontera entre el cielo y el agua.

La felicidad en el rostro de los dos, y detrás la inmensidad del lago… Eso expresa perfectamente la energía acogedora de Copacabana.

Cuando nos sentamos a la orilla del lago, incluso el sonido suave de las olas se unía al silencio de la altura y se transformaba casi en una meditación.
Costa de Copacabana – Galería (ES)


Vista panorámica de la costa de Copacabana, embarcaciones y lago Titicaca
Vista panorámica de la costa de Copacabana: embarcaciones, muelles y las aguas intensamente azules del lago Titicaca.

Viajero caminando sobre un muelle de madera y el lago Titicaca
Al caminar por el muelle de madera, un paso hacia el azul infinito del lago Titicaca.

6. Huellas de la mitología inca: las estatuas del Sol y la Luna

Al avanzar por la costa, aparecieron ante nosotros dos enormes estatuas:

A un lado, el señor del Sol; al otro, la protectora de la Luna.

En la mitología inca, estas dos figuras representan el equilibrio del universo. El Sol (Inti) simboliza la vida y la fuerza, mientras que la Luna (Mama Killa) simboliza el tiempo y la feminidad.

La pequeñez de las personas frente a las estatuas creaba un contraste sorprendente con la grandeza de la mitología.
Estatuas incas del Sol y la Luna


Estatuas incas del Sol y la Luna en Copacabana - toma vertical
Beni frente a las estatuas incas del Sol y la Luna.

Estatuas incas de Copacabana y paisaje costero - toma horizontal
Las estatuas incas del Sol (Inti) y la Luna (Mama Killa): el momento de encontrarnos con los símbolos de la mitología en la costa de Copacabana.

7. Viaje a Playa Blanca: a orillas de la Isla del Sol y la Isla de la Luna

Cuando salimos de Copacabana y avanzamos en auto hacia el extremo de la península, nuestra ruta nos llevó a un pequeño y silencioso pueblo llamado Playa Blanca. Es uno de los puntos desde donde se puede ver más de cerca la Isla del Sol y la Isla de la Luna.

Los caminos de tierra dentro del pueblo, los muelles sencillos junto al lago y la orilla donde el verde y el azul se mezclaban llevaban a la persona a un lugar donde el tiempo parecía fluir en cámara lenta.

Caminamos por el pueblo y tomamos fotos en la costa; el frío fino que el viento traía a nuestros rostros y el silencio del lago añadían un poema secreto a nuestro viaje.

El punto más interesante del paisaje justo frente a Playa Blanca era el Árbol Solitario, sobre un diminuto pedazo de tierra en medio del lago.

Ese árbol solitario parecía un sabio silencioso fundido consigo mismo.

Una vida sola en el enorme azul del lago… A veces parecía contar incluso la soledad interior de una persona.

Gracias al aire claro de la altura, las siluetas de las islas se distinguían con nitidez en la línea del horizonte.

Aunque no pisamos las islas, la amplia vista que ofrecía Playa Blanca era más que suficiente para comprender la grandeza y la profundidad del Titicaca.

8. Islotes de totora: una cultura que vive sobre los juncos

En la orilla de Copacabana vimos embarcaciones y figuras hechas de totora.

Para la gente del Titicaca, la totora no es solo una planta; es casa, bote, isla, juguete e incluso la cultura misma.

Embarcaciones pintadas de colores, la bandera boliviana ondeando al viento, la cultura silenciosa pero resistente del pueblo que vive sobre el lago…

Cada uno de estos encuadres era una pieza que completaba el espíritu de Copacabana.
Sección 8 – Foto de la cultura de la totora


Embarcaciones de totora y bandera boliviana en la costa de Copacabana
La bandera boliviana ondeando entre las embarcaciones de totora en la orilla de Copacabana y la colorida imagen de la artesanía tradicional.

9. Vida rural: ovejas, campos y el tiempo que se vuelve lento

Una mujer campesina que encontramos en el camino pastoreaba sus ovejas.

El lago se extendía azul intenso detrás de ella, y la mujer permanecía allí como si hubiera salido de una escena de hace miles de años.

En otra cuesta, dos mujeres cargaban bultos.

El sol estaba alto, el viento era fino; pero sus pasos no se detenían nunca.

Estas imágenes muestran que Copacabana es mucho más que su rostro turístico:

Este es el hogar de un pueblo que vive, respira, trabaja y produce.

10. De Copacabana a la frontera de Kasani: rumbo a Perú

Al final del día volvimos al auto y salimos hacia la frontera con Perú.

El camino a Kasani se había teñido de dorado con la luz del atardecer.

Al pasar bajo el cartel “Bienvenidos a Kasani – Bolivia”, nos despedíamos de Copacabana y avanzábamos hacia una nueva aventura en Perú.
Sección 10 – Foto de entrada a la frontera de Kasani


El cartel “Bienvenidos a Kasani – Bolivia” en el paso fronterizo de Kasani
El cartel “Bienvenidos a Kasani – Bolivia” en el paso fronterizo de Kasani.

Conclusión: un viaje que quedó en el espejo del Titicaca

Copacabana no nos mostró solamente un lugar.

Con su calma, apagó los sonidos duros del mundo moderno;

con su mitología, nos recordó que el ser humano no está solo en casa, que tiene un vínculo con el cielo;

con sus mujeres, nos enseñó cómo se carga una cultura;

con el azul del lago, descansó el alma.

Este viaje, que comenzó en La Paz con el Peugeot 408, en realidad no terminó en la frontera de Kasani.

La luz sobre el lago susurraba que dentro de cada viaje que hacemos hay siempre otro viaje.

Si el Titicaca es un pedazo de cielo caído sobre la tierra,

Copacabana es el corazón de ese pedazo.

Y los corazones nunca vuelven a ser los mismos después de pasar por allí.

Puedes encontrar las rutas de Perú que continúan este viaje y nuestros otros artículos de Sudamérica en nuestra página de blog en español .

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